CAPÍTULO 1

 

 

ALGUNAS CONDICIONES PARA CONOCER A DIOS

 

La increencia contemporánea

 

A veces produce cierto asombro escuchar con qué facilidad se dan por ciertas algunas cosas que no son tan fáciles de conocer como ciertas, al menos por el hombre corriente. Cuando hay una manifestación en la calle, la gente habla después del número de manifestantes y varía la cifra según el medio de comunicación social que lo ha dicho; éste, a su vez, da la cifra con un cálculo aproximativo en que, consciente o inconscientemente, su ideología y sus preferencias le han inclinado a engordarla o enflaquecerla. Si hay una huelga, dicen que los sindicatos suelen aumentar la cifra y el gobierno disminuirla. A veces no sería tan difícil ponerse de acuerdo.

 

El día 11 de Diciembre de 1996 el gobierno daba la cifra de que habían hecho la huelga de funcionarios el 18% y los sindicatos le daban gráficamente la vuelta a la cifra y decían que el 81%. Supuesto que los que hacen huelga no van a su puesto de trabajo y los que no la hacen sí, el gobierno tiene que pagar ese día de trabajo solamente a quien ha acudido, por lo que no debería ser tan difícil conocer y dar la cifra exacta. Pero no me hagan caso porque estas cosas deben ser complicadísimas y muy difíciles de manejar.

 

Entre las cosas que se dan por ciertas está el que la gente ha dejado de creer en Dios. Y debe de haber algo de cierto en eso cuando hay tanto congreso y documentos sobre la increencia, cuando se escriben tantos libros sobre el tema y artículos en las revistas, cuando los que son capaces de hacer estadísticas te hablan de tantos por cientos alarmantes. El fenómeno social y religioso está ahí, no cabe duda.

 

Pero hay también una experiencia, que muchos hemos pasado, y hemos presenciado que a otros también les ha ocurrido. Detrás de la palabra Dios y detrás de la expresión “tener fe en Dios” no todos comprenden lo mismo. En un diálogo en TVE en que el presentador se había complacido en tener a un lado suyo a tres ateos formales, convencidos e inteligentes, y al otro lado a otros tres creyentes, también formales, convencidos e inteligentes, al acabar el bonito espectáculo con el que respetuosamente cada uno fue exponiendo sus ideas, varios del primer grupo expresaron:

 

—En ese Dios que se acaba de exponer yo también creo.

 

La imagen de Dios falsa es la que niegan los ateos. No han visto a Dios y por eso lo pueden negar. Incluso, si hablamos con propiedad, a Dios no se le niega. Se niega la imagen que uno tiene de Dios. “Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio”. [1]

 

Me parece que en nuestro tiempo hemos ganado en muchas, muchísimas cosas. Probablemente son aromas de otra época lo que se podía leer en la vida de "Lázaro Cárdenas" [2] , que fue Presidente de Méjico de 1930 a 1940. Allí se habla de un tal Arnulfo Pérez, Oficial Mayor de la Secretaría de Agricultura y Fomento. Cuando en los pasillos del Ministerio alguien se cruzaba con este señor, escuchaba la pregunta: "—¿Existe Dios?", a la que lo más aconsejable, si se quería conservar el puesto de trabajo, era contestar con un rotundo: "—¡Jamás ha existido!". En sus tarjetas personales, además del nombre, apellido y cargo, se podía leer: "Enemigo personal de Dios."

 

Algunas personas dan la sensación de tener una voluntad-de-no-creer que les hace más daño a ellos que a Dios, porque Dios no depende de ellos para existir. Igual que hay otras personas, que incapacitadas para creer por diversas razones, buscan lo más humano en su vida y actuación con los demás. La actitud de estas últimas, siendo admirable, está amenazada por el ambiente cuando no echa raíces en el mismo Dios. Pero creo que está más conforme con la voluntad de Dios que todos los hombres lleguen a amar, que el que todos los hombres lleguen a creer explícitamente en el Dios de Jesús.

 

Lo malo de muchos ateos es que no paran de hablar de Dios. Quizás el problema religioso de los hombres de hoy no sea el ateísmo, sino el politeísmo. Tenemos demasiados dioses: todo lo que vamos absolutizando. Tanta insistencia en negar a Dios hace sospechar falta de convencimiento en la falta de fe, porque ¡qué difícil es no creer en algo que no existe!

 

Es un consuelo para los que somos creyentes escuchar la confesión de aquél que tenía una mala información acerca de Dios y por eso se confesaba no-creyente. Acude con facilidad a la mente aquella frase del Vaticano II [3] : “En esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión”.

 

Los técnicos que hacen encuestas sobre este tema saben esto y por eso mismo procuran sondear a los encuestados para llegar a algún conocimiento de qué es lo que hay detrás de expresiones, a primera vista tan claras, como las de: “Soy creyente y practicante”, “Creo en Dios, pero no en los curas”, “No soy creyente”, “Soy agnóstico”, “Soy creyente, pero no practicante”, etc. etc.

 

Al abordar el tema de la fe con los jóvenes, he intentado a través de algunos ejercicios sobre los valores, conocer hasta qué punto Dios era algo importante en su vida. En general, este valor aparecía seleccionado y en lugar importante cuando los alumnos pertenecían a una clase media acomodada. Entre los alumnos de Formación Profesional apenas aparecía, o, a lo más, en lugar poco importante.

 

Naturalmente, aunque el dato sea curioso para un sociólogo, un evangelizador queda cuestionándose qué hay detrás de la palabra Dios que unos aceptan y otros rechazan o dan de lado. Eso es lo más interesante. Las reacciones que apunto en el capítulo 5 lo hacen ver. Por supuesto, el problema es más complejo al intentar ver las causas de por qué, en general, responden de modo distinto clases sociales diversas.

 

La humanidad ha llamado a Dios con diversos nombres. El origen de la palabra “Dios” es sánscrito: “Dyau”, día; en griego Qeos: la divinidad, lo brillante, la luz. El sol ha sido aceptado universalmente como dios o como símbolo de lo divino. Es foco de luz, de vida.

 

Al entrar en este tema de conocer a Dios prefiero ir despacio y tener algo en común con cualquier persona que quiera recorrer el camino. Y el punto de partida serán algunas verdades en las que estaremos de acuerdo fácilmente los creyentes y los que no lo son. Las pondré en cuatro palabras.

Cuatro palabras

 

1ª.- CIEGOS

 

Con esta palabra queremos decir que "A Dios nadie lo ha visto" (Jn. 1,18). Y esto tiene consecuencias. Ni he visto a Dios, ni puedo imaginar a Dios. Si Dios existe, es como es, no como yo lo imagine. Para llegar a Dios habrá que saber distinguir entre un sentimiento religioso natural que me hace decir en algunas ocasiones: "Algo debe haber", y la fe: dar adhesión personal a alguien de quien nos fiamos y nos dice: "Dios es así". Eso compromete la vida en una dirección, en unos valores.

Dice San Juan de la Cruz [4] que

 

Si a uno que nació ciego,

el cual nunca vió color alguno

le estuviesen diciendo

cómo es el color blanco o el amarillo,

aunque más le dijesen

no entendería más que así que así,

porque nunca vio los tales colores,

ni sus semejantes,

para poder juzgar de ellos,

porque ello púdolo percibir por el oído;

mas la forma y la figura no,

porque nunca la vió.

 

El ciego de nacimiento tiene dificultad para adquirir conocimientos por otros sentidos. Si un ciego de nacimiento se te acerca y pregunta:

—¿Qué es el color verde?

Le puedes dar una explicación a través del oído, con una música armónica. Después de escuchar un rato esa música suave, le podrías hablar así:

—Esta música, ¿verdad que produce cierto bienestar, descanso, suavidad? ¿Verdad que da a toda tu persona una ligereza y sosiego, un cierto alivio y desahogo? Pues cuando yo veo el verde de los bosques, del prado, de la campiña, los árboles y los pastizales me da una sensación parecida: descanso, armonía, paz, concierto, calma, etc.

 

Si en otra ocasión se me hiciera la misma pregunta por otro ciego de nacimiento, quizás me dejaría llevar de mi pequeña vanidad y pretendiendo ser muy original, le contestaría al ciego usando otro sentido: el tacto.

 

—Pasa muy despacio tu mano por esta pulimentada superficie. Es un espejo. Pon tu atención en las sensaciones de suavidad que recibes en las yemas de los dedos. ¿Notas qué delicadeza? ¡Que sedosidad! Todo es leve, ligero, descansado, agradable, suave... Cuando yo veo el color verde de los bosques, del prado... etc. Concluiría igual que con el ciego anterior.

 

Si hablamos con propiedad, ninguno de los dos ciegos acaba sabiendo qué es el color verde. Hemos hecho lo que hemos podido. Sería bueno que no se encontraran después los dos ciegos, ni hablaran del asunto. Hay gente que piensa que sabe más de lo que sabe de verdad. Podría uno decirle al otro que el verde es como aquella música y quizás el otro negase, afirmando, en cambio, que el verde es como aquella superficie tan suave.

 

Digamos, de paso, que siendo todos ciegos, nada tiene de extraño que “en el transcurso de los siglos surgieran no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes” [5] y algo parecido con los judíos [6] , aunque todos tengamos fe en un solo Dios. Musulmanes, judíos y cristianos: ciegos.

 

Viene este discurso a propósito de lo que dice San Juan de la Cruz más arriba, porque no es difícil haber escuchado decir a alguien cómo es Dios, qué quiere Dios, qué le agrada a Dios, como si tuviese comunicación directa y frecuente con Él. Recuerdo que cuando yo quería entrar de novicio en la Compañía de Jesús, una persona me dijo muy seriamente que mientras yo no dejara de fumar, Dios no me ayudaría para superar las dificultades que entonces tenía para cumplir aquel buen propósito. Me impresionó que me lo dijera aquella persona con tanta seguridad. No dejé de fumar, claro; pero todavía me sigo preguntando de dónde sacaría aquella persona tanta certeza. ¿Había hablado a solas con Dios? ¿Qué revelación especial le habían hecho? ¿Y por qué no se me hacía tal revelación a mí, que, al fin y al cabo, era el más interesado? Quizás, al menos en parte, se debe a cosas así “la exposición inadecuada de la doctrina” de la que decíamos antes que hablaba el Vaticano II como causa de cierto ateísmo.

 

Ante aquella pregunta que se nos hacía de pequeños en el catecismo, creo que sobre la concordia entre la libertad y la presciencia divina, se contestaba algo así: “No me preguntéis a mí, que soy niño. Doctores tiene le Santa Madre Iglesia que os sabrán responder”. Acerca de la pregunta: ¿Cómo es Dios?, también se podía haber contestado: “No me preguntéis a mí que soy ciego, el que lo ha visto os sabrá responder”. Con esa respuesta nos habríamos acercado más al Evangelio: El Hijo único, Dios, que está al lado del Padre, es quien lo ha dado a conocer (Jn. 1,18)

 

No queremos decir que no podamos llegar a ningún conocimiento de Dios. Podemos. Pero hay que ir con mucha humildad y saber que sólo vemos como aquel ciego de nacimiento el color verde, como en un espejo, (1 Cor. 13, 12) y suplicar las señales mesiánicas de salvación. Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven. (Jn. 7, 22). No queremos la ceguera de los fariseos: Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello (Mt. 23, 24). Queremos escuchar la invitación de Jesús, como la que hizo a Andrés y Juan: Venid y lo veréis (Jn. 1, 39).

 

La prudencia que tiene el ciego al desplazarse, la lentitud en sus pasos para llegar con seguridad, sería un buen elemento para comenzar en nuestra labor de llegar a conocer a Dios. Nunca quedaré del todo satisfecho hasta que le vea cara a cara (1 Cor. 13, 12), hasta que tenga esa esplendorosa experiencia del encuentro definitivo con El.

 

2º.- MALOS

El segundo paso en nuestra prudencia será que debemos de tener presente siempre que somos malos. Y que ningún freudiano se me eche encima hablándome de que culpabilizo a la gente. Solamente quiero decir algo muy sencillo. No sé qué idea tienes tú en la cabeza acerca de Dios. Dicen que no hay que tener ninguna imagen de Dios dentro, ningún concepto, pues eso significa que has definido, es decir, has puesto fines, límites, y Dios no tiene fines, no tiene límites. Si tienes concepto de Dios solamente hay una cosa segura: eso que has concebido así no es Dios, porque el auténtico Dios está por encima de todos los límites. Pero ocurre que cuando decimos Dios, algo hemos pensado. A ese pensamiento me refiero cuando hablo de este segundo paso: somos malos. No quisiera molestar a nadie con esta palabra. Solamente quiero decir algo que dice Jesús en el Sermón de la Montaña:

 

Si a uno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra? O si le pide un pescado, ¿le va a ofrecer una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo se las dará a los que se las piden! (Mt. 7, 9-11)

 

En la imagen que el hombre se forma de Dios y que no pocas veces le da motivo para negarlo, se da el absurdo de que ese Dios es peor éticamente que el hombre. “El ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo” [7] . Cuando el mal nos toca de cerca, cuando sufre el inocente y ese inocente es un ser querido, fácilmente surge la rebeldía: ¿Por qué Dios permite esto? ¿Cómo es que existe Dios y pudiendo hacer que desaparezca el mal del inocente, calla y tolera?

 

Con la vista puesta en querer llegar a tener algún conocimiento de Dios, dejemos, por ahora, el problema del mal y admitamos solamente una cosa:

—Si estuviera en tu mano, ¿acabarías con el sufrimiento del inocente?

—Por supuesto.

—¿Crees que Dios sí podría acabar con ese mal?

—Dios lo puede todo.

—De hecho, desde que el mundo es mundo, el inocente también sufre. Si tú fueras Dios acabarías con ese sufrimiento. El Dios auténtico no acaba con él. ¿No será que te estás poniendo mejor que Dios?

 

Admitamos que un Dios que fuera moralmente peor que yo no puede ser Dios. Es preferible no creer a creer en un Dios monstruoso, que pudiendo acabar con el mal no lo hace. En nuestra indagación acerca de quién es Dios, cómo es Dios, cada vez que se me vayan dando datos por los que llegue a un Dios peor que yo, pensaré solamente que algo ha fallado por el camino.

 

3º.- DEDO

 

Yo soy el Camino (Jn. 14,6). Una vez que hemos dado estos dos pasos previos, es sensato que en mi ceguera me fíe de alguien que supla mi deficiencia. El creyente lo es porque se ha fiado de alguien, de Jesucristo. Aparece éste entre los hombres y viene a decirnos algo sencillo:

—Sois ciegos. No habéis visto a Dios. Yo lo he visto. Yo soy el camino.

Y nos va a señalar en distintas ocasiones cómo es Dios.

 

Dicen que hay un refrán chino simpático: “Cuando el dedo del sabio señala a la luna, los imbéciles se quedan mirando al dedo”. Si no he visto a Dios, necesito que Dios se me muestre directamente: "Yo soy así", o bien, que a través de algún enviado que le haya visto y experimentado me diga: "Dios es así". Aquí está la fe. El cristiano se fía de Jesucristo que le dice:

—Yo sí he visto a Dios. Yo hago de dedo índice y te señalo con mi conducta y mi palabra: Dios es así. El que me ve a mí ve al Padre (Jn. 14, 9).

 

La Iglesia también hace de dedo. Lo que me interesa es que señale bien, como los indicadores de las carreteras. Me importa poco que sean de piedra, latón, madera o plata. Sí me interesa que indiquen bien. Claro que, a la Iglesia, compuesta de seres vivos, también se le pide que se ponga en camino, en la misma dirección que señala. Pero pertenecemos al grupo de imbéciles cuando sólo miramos al dedo, criticamos a la Iglesia y no seguimos la indicación si es buena.

 

4º.- VINO

 

La última palabra propedéutica para entrar en conocimiento de Dios sería la palabra vino. No tiene la categoría del refrán chino; pero en ella estaremos todos fácilmente de acuerdo: “Jamás la palabra vino ha emborrachado a nadie".

 

Si no tienes experiencia de Dios, sería igual que decir que el vino es alcohol etílico. No es mentira; pero el conocimiento experimental no lo puede suplir la mejor definición teórica, ni la más grande sabiduría. A esa experiencia se debía referir Jesús cuando decía: “Ese agua se te convertirá dentro en un manantial que salta dando vida sin término” (Jn. 4,14).

 

Al caer en paracaídas aquel soldado quedó colgado de las ramas de un árbol y no podía valerse. Pasó un transeúnte y a gritos llamó su atención, pidiendo ayuda. El que pasaba alzó la mirada, se paró bajo el árbol y le dijo:

 

—Vd. está en mala situación. Es difícil llegar a esa altura para descolgarle. Se necesitaría una escalera de bomberos y el pueblo más próximo está lejos y no sé si allí habrá bomberos y si éstos tendrán una escalera tan alta. Ha quedado Vd. en una postura incómoda y sería peligroso que se rompiese aquella rama que le sujeta...

El paracaidista le interrumpió:

—Vd. es un sacerdote católico.

—Sí, es verdad. ¿En qué lo ha notado?

—En que todo lo que me dice es verdad; pero a mí no me ayuda para nada.

 

La gente necesita experiencias de salvación, no verdades abstractas. En un periódico de difusión nacional se publicaba [8] un artículo con este sugerente título: “Ayer me hablaron de Dios”. El autor hablaba de algo que ocurre en nuestra época: “He visto a muchos sacerdotes, algunos de gran rango eclesiástico, aparecer en televisión. Hablan de la Loapa, de la Lode, del aborto, de la familia cristiana, de la diócesis, del tercer mundo... pero no hablan de Dios. Es incomprensible, pero casi no hablan de Dios”.

 

Y el mismo autor, acerca de la experiencia, cuenta: “Una vez pregunté a un sacerdote si tenía experiencia de la existencia de Dios. Su respuesta fue absolutamente honrada, pero terriblemente decepcionante. Me dijo: ‘Yo no tengo experiencia de la existencia de Dios, pero tengo experiencia de mi fe en Dios’. Aquella réplica me hizo cavilar durante mucho tiempo”.

 

Cuando falta la experiencia de Dios o el sabor evangélico, la vida de fe se convierte en una farsa, que avergüenza a los creyentes y escandaliza a los que no lo son. Surge la incoherencia en nuestra vida: entre lo que profesamos y lo que somos; entre lo que decimos y lo que hacemos.

 

Supuestas, pues, estas cuatro verdades elementales y que Dios no es un concepto, ni una palabra; más, supuesto que el Dios que está más allá de las palabras y del concepto tampoco es Dios, porque al decir eso de algún modo ya lo has concebido, lo has definido, le has puesto límites, vamos a seguir la indicación del dedo. Jesús en diversas ocasiones nos dice: Dios es así. ¿Cómo lo dice?. “La revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas” [9] . En el resto de este libro vamos a ver algunas ocasiones en que Jesús señala con el dedo diciendo: “Sois ciegos. No habéis visto a Dios. Dios es así”.

 

Una de ellas es ésta:

 

v. 1: Todos los recaudadores y descreídos se le iban acercando para escucharlo;

v. 2: por eso tanto los fariseos como los letrados lo criticaban diciendo:

—Este acoge a los descreídos y come con ellos.

 

Con estos dos versos se introducen tres parábolas. Es necesario considerarlos bien para comprender mejor las tres parábolas que vienen a continuación. Hay en ellos una oposición entre dos grupos:

 

1er grupo: PECADORES

2º grupo: FARISEOS Y ESCRIBAS

se le iban acercando

lo criticaban

para escucharlo

diciendo:

 

—Este acoge a los descreídos y come con ellos.

1er grupo: pecadores: Quiénes son.

 

Por pecador se entendía los que tenían una conducta inmoral: adúlteros, mentirosos, ladrones, homicidas, o los que ejercían profesiones deshonestas, es decir, profesiones que de forma notoria llevaban a la deshonestidad o a la depravación, a violar la Ley: publicanos, pastores, buhoneros, vendedores ambulantes...

 

Se les quitaba sus derechos cívicos: posibilidad de acceso a la administración, derecho a testimoniar en juicio. Se incluía a los pastores entre los pecadores, pues llevaban su rebaño a pastar en propiedad ajena y allí robaban. Eso no es obstáculo para que Jesús tome ejemplo de un pastor para ilustrar quién es Dios.

 

Por lo tanto, este verso de Lucas no expresa el asombro de los fariseos preguntándose sorprendidos porqué Jesús acepta comer con tales hombres; sino, por el contrario, es una acusación contra él (¡no es un hombre piadoso!), y una invitación a sus partidarios a que se separen de Él.

Qué hacen:

 

Se aproximan a Jesús para escucharle. Probablemente después de la vocación del publicano Leví (Lc.5,27 - Mc.2,13 - Mt.9,9), donde Jesús tomó la iniciativa, los del gremio se han aproximado a Él. Los transgresores de la Ley son atraídos por Jesús: desean oir las palabras de Jesús. Sabemos que la palabra de Jesús daba esperanza a estos pecadores despreciados por otros. Los pecadores escuchan y entienden. Son tocados por la palabra de Jesús. Ellos se sienten despreciados por los demás; pero en las palabras de Jesús encuentran acogida y reciben esperanza. Callan porque quieren escuchar a Jesús.

2º grupo: fariseos y escribas. Quiénes son:

Escribas y fariseos tienen fama por su conocimiento y práctica minuciosa de la Ley.

Qué hacen:

 

Murmuran, por oposición a los pecadores que “escuchan”. Oponen su propia palabra a la palabra de Jesús y dan dos sentencias condenatorias: sobre los pecadores y sobre Jesús. Sobre los pecadores porque lo son; sobre Jesús porque acoge y come.

 

A este mismo grupo se refiere el Evangelio en otra ocasión (Lc. 18,9) cuando les define de este modo poco agradable: “algunos se tenían por justos y despreciaban a los demás”. Me he atrevido a subrayar lo de “se tenían” por las consecuencias que habrá al final.

 

Es notable la oposición existente entre los dos grupos: pecadores de un lado y fariseos y escribas por el otro. No hay contacto. Los fariseos se mantenían cuidadosamente alejados de los pecadores para no contraer impureza legal. Esta separación la volveremos a encontrar en el contexto, bien conocido, de la parábola del fariseo y el publicano (Lc. 18,10) y en el banquete en casa de Simón (Lc. 7, 36), el fariseo dirá escandalizado (v. 39): “qué clase de mujer es la que le está tocando”.

 

Jesús va a intentar el contacto entre unos y otros buscando la raíz: Dios es así. A la murmuración de los fariseos que dan su propia interpretación de la Ley, Jesús le va a oponer su revelación: Dios es así y por eso yo actúo así.

 

¿Por qué los pecadores se aproximan a Jesús y éste los acoge? ¿Por qué ocurre esto? La respuesta a esta cuestión está en las dos parábolas que siguen.



[1] Gaudium et spes, 19, 2.

[2] Ed. Historia 16, 1987.

[3] Gaudium et spes, 19, 3.

[4] "Subida al Monte Carmelo", Libro III, Cap. III, nº 2

[5] Vaticano II, “Nostra aetate”, nº. 3, 2.

[6] Vaticano II, o.c. nº. 4, 6.

[7] Gaudium et spes, 19, 2.

[8] EL PAIS. 16.Noviembre.1984. El autor del artículo era José María Mendiola.

[9] Dei Verbum, 2.